Treinta y
siete grados a la sombra y una larga cola eran los precedentes de la exposición:
“Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas”, que
hasta comienzos de septiembre acogerá el MNAC.
El mes
pasado El país, con respecto a la
gran afluencia de público en esta exposición se preguntó: "¿Qué habría de tener
un creador para seducir a las masas?". Bajo mi punto de vista, el amplio público
acude a esta muestra atraído como una polilla a la luz por el marketing que, en vida, llevó a cabo Salvador
Dalí: morbo, excentricidad, egocentrismo y una personalidad ambigua en la que
eran frecuentes las contracciones sin sentido. Sin duda, Dalí -junto a Andy
Warhol- fue el artista que mayor provecho supo obtener de los medios de
comunicación de masas.
No obstante,
encontramos otro factor que atrae al público: el sexo, gran protagonista de sus
obras surrealistas. Es lógico que todo aquello que se encuentre ligado al sexo,
goce de la curiosidad innata al ser humano. Pero, para más inri Dalí no
presenta el sexo tal cual, sino bajo una dualidad: como una práctica de la que
se puede obtener placer pero que pervierte y corrompe la carne.
¿Dónde
radica este interés en lo sexual? Conocemos que Dalí estuvo muy influido por
las principales obras de Sigmund Freud, de hecho en ellas se encuentra la base
de su método paranoico-crítico, donde Dalí mezcla el mundo onírico y el
inconsciente.
Aunque su
inclinación hacia el sexo no se puede explicar únicamente por medio de Freud, habría
que atender a lo que el propio artista afirmó en más de una ocasión. Éste dijo
que su vida sexual quedó marcada por la gran severidad que su padre profesaba
con respecto a ese tema. El padre de Dalí, siendo todavía muy jóvenes Salvador y Ana, dispuso intencionadamente sobre el piano un
libro en el que se explicaban los estragos causados por las enfermedades
venéreas. Creyendo a Dalí, de ahí radican los traumas y complejos que plasmó
en sus obras.
Muchos de
los personajes principales de sus lienzos son falos, a veces flácidos, a veces
erectos. Penes que intentan gozar pero se pudren en la acción. Hay que pensar
en la masturbación como en la gran musa de Dalí. El gran masturbador (1929) presente en esta exposición da cuenta
del gran valor que otorgaba Dalí a darse placer a uno mismo. Tal es la
importancia de la masturbación que quien quiera entender a Dalí sin percatarse
del carácter onanista de su obra nunca logrará entender esta exposición
abarrotada de masturbaciones.
Curiosas
palabras dedica el pintor a este tema en uno de sus escritos:
“[…] había descubierto los placeres de la masturbación
en los W.C. de la escuela de dibujo; sin embargo, aquel placer no era total. El
conjunto de la operación me fascinaba como un proceso extraordinario de
posesión. Me sentía orgullosamente satisfecho de conocer y vivir ese fenómeno,
pero a la vez esas prácticas me consternaban, pues adivinaba su equívoco, en
verdad estaba atrasado en relación a mis camaradas”.
El artista da
a entender lo que el sentido común nos dice: el ser humano se encuentra
ampliamente interesado por el sexo y la exploración de sí mismo. Suscribo la
frase de la actriz Lily Tomlin: “Tenemos razones para creer que el ser humano
empezó a caminar erguido para liberar sus manos con el objeto de masturbarse”. El
sexo como la vida, son inseparables de la condición humana. Por lo que cabe
preguntarse: ¿todas estas pulsiones sexuales que Dalí nos presenta corresponden
verdaderamente a sus miedos y traumas o una vez más estamos ante una maniobra
estratégica del artista para vender sus obras y venderse a sí mismo con éxito
asegurado?
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