martes, 16 de julio de 2013

Dalí: una exposición abarrotada de masturbaciones.



Treinta y siete grados a la sombra y una larga cola eran los precedentes de la exposición: “Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas”, que hasta comienzos de septiembre acogerá el MNAC.


El mes pasado El país, con respecto a la gran afluencia de público en esta exposición se preguntó: "¿Qué habría de tener un creador para seducir a las masas?". Bajo mi punto de vista, el amplio público acude a esta muestra atraído como una polilla a la luz por el marketing que, en vida, llevó a cabo Salvador Dalí: morbo, excentricidad, egocentrismo y una personalidad ambigua en la que eran frecuentes las contracciones sin sentido. Sin duda, Dalí -junto a Andy Warhol- fue el artista que mayor provecho supo obtener de los medios de comunicación de masas. 

No obstante, encontramos otro factor que atrae al público: el sexo, gran protagonista de sus obras surrealistas. Es lógico que todo aquello que se encuentre ligado al sexo, goce de la curiosidad innata al ser humano. Pero, para más inri Dalí no presenta el sexo tal cual, sino bajo una dualidad: como una práctica de la que se puede obtener placer pero que pervierte y corrompe la carne. 

¿Dónde radica este interés en lo sexual? Conocemos que Dalí estuvo muy influido por las principales obras de Sigmund Freud, de hecho en ellas se encuentra la base de su método paranoico-crítico, donde Dalí mezcla el mundo onírico y el inconsciente.  

Aunque su inclinación hacia el sexo no se puede explicar únicamente por medio de Freud, habría que atender a lo que el propio artista afirmó en más de una ocasión. Éste dijo que su vida sexual quedó marcada por la gran severidad que su padre profesaba con respecto a ese tema. El padre de Dalí, siendo todavía muy jóvenes Salvador y Ana, dispuso intencionadamente sobre el piano un libro en el que se explicaban los estragos causados por las enfermedades venéreas. Creyendo a Dalí, de ahí radican los traumas y complejos que plasmó en sus obras. 

Muchos de los personajes principales de sus lienzos son falos, a veces flácidos, a veces erectos. Penes que intentan gozar pero se pudren en la acción. Hay que pensar en la masturbación como en la gran musa de Dalí. El gran masturbador (1929) presente en esta exposición da cuenta del gran valor que otorgaba Dalí a darse placer a uno mismo. Tal es la importancia de la masturbación que quien quiera entender a Dalí sin percatarse del carácter onanista de su obra nunca logrará entender esta exposición abarrotada de masturbaciones. 

Curiosas palabras dedica el pintor a este tema en uno de sus escritos:
“[…] había descubierto los placeres de la masturbación en los W.C. de la escuela de dibujo; sin embargo, aquel placer no era total. El conjunto de la operación me fascinaba como un proceso extraordinario de posesión. Me sentía orgullosamente satisfecho de conocer y vivir ese fenómeno, pero a la vez esas prácticas me consternaban, pues adivinaba su equívoco, en verdad estaba atrasado en relación a mis camaradas”. 

El artista da a entender lo que el sentido común nos dice: el ser humano se encuentra ampliamente interesado por el sexo y la exploración de sí mismo. Suscribo la frase de la actriz Lily Tomlin: “Tenemos razones para creer que el ser humano empezó a caminar erguido para liberar sus manos con el objeto de masturbarse”. El sexo como la vida, son inseparables de la condición humana. Por lo que cabe preguntarse: ¿todas estas pulsiones sexuales que Dalí nos presenta corresponden verdaderamente a sus miedos y traumas o una vez más estamos ante una maniobra estratégica del artista para vender sus obras y venderse a sí mismo con éxito asegurado?

lunes, 3 de junio de 2013

Resaca noventera: Twin Peaks


¿Quién afirmaría por primera vez eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”? No lo sé, y dudo que alguna vez en la vida lo sepa, lo único que sé es que se trata del estatuto o premisa fundamental del “ser” nostálgico, de ese tipo de individuo que añora todo aquello que ya pasó. Al fin y al cabo, toda persona de este mundo cae en manos de la nostalgia en algún momento de su vida ya que es una cualidad o defecto humano que impregna en ocasiones de forma tan fuerte nuestras mentes que desearíamos tener a mano el Delorean de Doc Brown  para evadirnos rápidamente a otros tiempos pasados. En mi caso particular, tuve uno de estos ataques de melancolía no hace mucho y no sé cómo, ni porque, me decidí a ver esa serie que deslumbró allá por los años noventa del siglo pasado, hablo de aquella genialidad lynchiana llamada Twin Peaks.
Twin Peaks fue una joya de la pequeña pantalla, de carácter subversivo, que supo estar por encima de premios y demás parafernalia intrínseca al mundo del cine; por ello, espero que perdure en nuestras retinas décadas y décadas. Fue una necesidad, un revulsivo, un hecho que se consumó en 1990 y que tomó forma gracias a la cooperación entre David Lynch y Mark Froost, pero que tenía sus precedentes unos años atrás, y es que el bueno de Lynch ya nos había avisado en 1986 con un film independiente, una oda a lo inhóspito, Blue Velvet, protagonizada por el mismo actor que protagonizaría cuatro años después Twin Peaks, el prodigioso y sensacional Kyle MacLachlan. Kyle se ganaría a pulso ser el fetiche absoluto de Lynch, y no es para menos, su carrera iba lanzada con sus papeles en Dune, o Blue Velvet, pudiendo culminarla de la mejor forma posible en Twin Peaks, interpretando uno de los mejores papeles que yo haya visto jamás, el agente del FBI Dale Cooper. Es probable que tal personaje también sea uno de los mayores despliegues de carisma visto en una serie de televisión, aunque por otro lado era un personaje oscuro, siniestro e inquietante como pocos, sin embargo, esa vertiente solo relucía en contadas ocasiones y además estaba maquillada por una fachada de comicidad y fraternidad que encandiló a más de un telespectador, incluso al propio MacLachlan, que preguntado en 2009 –en una entrevista en ElPaís- sobre si echaba de menos su papel como agente Cooper contestaba lo siguiente: “Claro, echo de menos un montón de cosas, lo que más, su maravilloso sentido del humor, y de hecho, trato de meter sus constantes vitales en todos los personajes que interpreto. ¿Sabes lo que más recuerdo de Cooper? Su manera de ver el mundo: no hay dos como él.” Lo dicho, un nostálgico más.
Cambiando ahora de tercio, siempre he pensado que en esto del “arte”, una cámara de vídeo sería equiparable a un pincel y una película por lo tanto estaría al mismo nivel que un cuadro. O mejor aún, tal vez sea estemos ante una herramienta más libre o más capaz que la pintura, sea como sea, sin duda alguna, Twin Peaks no dejó de convertirse en un fenómeno surrealista e imprevisible que nada debía de envidiar a la más paradigmática de las obras del surrealismo (entendido como vanguardia de primera mitad del s. XX), tan desconcertante a veces que era difícil de entender. El desasosiego era una sensación generalizada al contemplar todo aquello: habitaciones rojas, enanos bailongos, asesinatos, logias negras, sueños paranoicos y sobre todo, muchas incongruencias. Por ello, el final de la serie sembró un ápice de decepción entre sus fieles, la nube de incoherencias propias de un día de resaca, un nivel de desconcierto casi tan grande como en 2001: A Space Odyssey y el exceso de procesos dejados en el tintero produjeron una reacción agridulce entre el público, sin embargo, era eso lo que convirtió a Twin Peaks en un objeto de culto, al menos, de mi culto particular. Un par de años después, David Lynch elaboraría la precuela de esta serie, esta vez en forma de película, se llamaría Twin Peaks: Fire walk with me.

Hola, bienvenidos a este blog. Somos un grupo de chicos alegres, con iniciativa, y con ganas de aprender cosas nuevas. Hemos sido alumnos de la Universidad Autónoma de Madrid, concretamente de historia del arte, lo que nos da cierto caché. Tomamos el té con el meñique levantado y solo hablamos sobre temas cultos e intelectuales. La idea de hacer esto surgió un día en medio de una gran feria de arte hablando con varios marchantes que nos dijeron que teníamos gran potencial. Y aquí estamos, escribiendo nuestras vivencias artísticas sin faltas de ortografía (o eso creemos). Comentaremos cosas sobre cine, música, exposiciones, arquitectura, estética y si se tercia, hablaremos incluso de neurociencia (total, somos interdisciplinares)

PD: Si está por ahí el director de ARCO y nos lee, contrátenos. Una tiparraca vino a darnos una charla y nos dijo que era muy fácil la vida del historiador del arte.


PD (2): Nótese el tono de ironía en nuestras palabras.