¿Quién
afirmaría por primera vez eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”? No lo sé,
y dudo que alguna vez en la vida lo sepa, lo único que sé es que se trata del
estatuto o premisa fundamental del “ser” nostálgico, de ese tipo de individuo
que añora todo aquello que ya pasó. Al fin y al cabo, toda persona de este
mundo cae en manos de la nostalgia en algún momento de su vida ya que es una
cualidad o defecto humano que impregna en ocasiones de forma tan fuerte
nuestras mentes que desearíamos tener a mano el Delorean de Doc Brown para
evadirnos rápidamente a otros tiempos pasados. En mi caso particular, tuve uno
de estos ataques de melancolía no hace mucho y no sé cómo, ni porque, me decidí
a ver esa serie que deslumbró allá por los años noventa del siglo pasado, hablo
de aquella genialidad lynchiana llamada
Twin Peaks.
Twin Peaks fue
una joya de la pequeña pantalla, de carácter subversivo, que supo estar por encima de premios y
demás parafernalia intrínseca al mundo del cine; por ello, espero que perdure
en nuestras retinas décadas y décadas. Fue una necesidad, un revulsivo, un
hecho que se consumó en 1990 y que tomó forma gracias a la cooperación entre
David Lynch y Mark Froost, pero que tenía sus precedentes unos años atrás, y es
que el bueno de Lynch ya nos había avisado en 1986 con un film independiente,
una oda a lo inhóspito, Blue Velvet, protagonizada
por el mismo actor que protagonizaría cuatro años después Twin Peaks, el prodigioso y sensacional Kyle MacLachlan. Kyle se
ganaría a pulso ser el fetiche absoluto de Lynch, y no es para menos, su
carrera iba lanzada con sus papeles en Dune,
o Blue Velvet, pudiendo culminarla de
la mejor forma posible en Twin Peaks,
interpretando uno de los mejores papeles que yo haya visto jamás, el agente del
FBI Dale Cooper. Es probable que tal personaje también sea uno de los mayores
despliegues de carisma visto en una serie de televisión, aunque por otro lado
era un personaje oscuro, siniestro e inquietante como pocos, sin embargo, esa
vertiente solo relucía en contadas ocasiones y además estaba maquillada por una
fachada de comicidad y fraternidad que encandiló a más de un telespectador,
incluso al propio MacLachlan, que preguntado en 2009 –en una entrevista en ElPaís- sobre si echaba de menos su
papel como agente Cooper contestaba lo siguiente: “Claro, echo de menos un montón de cosas, lo que más, su maravilloso
sentido del humor, y de hecho, trato de meter sus constantes vitales en todos
los personajes que interpreto. ¿Sabes lo que más recuerdo de Cooper? Su manera
de ver el mundo: no hay dos como él.” Lo dicho, un nostálgico más.
Cambiando
ahora de tercio, siempre he pensado que en esto del “arte”, una cámara de vídeo
sería equiparable a un pincel y una película por lo tanto estaría al mismo
nivel que un cuadro. O mejor aún, tal vez sea estemos ante una herramienta más
libre o más capaz que la pintura, sea como sea, sin duda alguna, Twin Peaks no dejó de convertirse en un
fenómeno surrealista e imprevisible que nada debía de envidiar a la más
paradigmática de las obras del surrealismo (entendido como vanguardia de
primera mitad del s. XX), tan desconcertante a veces que era difícil de
entender. El desasosiego era una sensación generalizada al contemplar todo
aquello: habitaciones rojas, enanos bailongos, asesinatos, logias negras,
sueños paranoicos y sobre todo, muchas incongruencias. Por ello, el final de la
serie sembró un ápice de decepción entre sus fieles, la nube de incoherencias
propias de un día de resaca, un nivel de desconcierto casi tan grande como en 2001: A Space Odyssey y el exceso de
procesos dejados en el tintero produjeron una reacción agridulce entre el
público, sin embargo, era eso lo que convirtió a Twin Peaks en un objeto de culto, al menos, de mi culto particular.
Un par de años después, David Lynch elaboraría la precuela de esta serie, esta
vez en forma de película, se llamaría Twin
Peaks: Fire walk with me.
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